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Anatomía del artista

 Anatomía del artista


Bernardo Salcedo, Leonel Castañeda Galeano

  Retrato de un escritor  - Bernardo Salcedo,  2001

Retrato de un escritor - Bernardo Salcedo, 2001

María Mercedes Herrera

En la edición 2586 de la revista Cromos, de 1967, una fotografía a doble página presentó al joven artista Bernardo Salcedo (Bogotá, 1939-2007) frente a una de sus obras. Retratado de espalda, y con un rodillo de madera apoyado sobre su hombro derecho, parecía como si este joven “coca-colo” de veintisiete años fuera a destruir a golpes su propia creación. Acto inútil. La composición ya daba la impresión de que se trataba de cuerpos humanos dispersos y vueltos a reunir luego de una explosión atómica.

En ese tiempo, Salcedo solía visitar los Almacenes Ley, algunos anticuarios y la tienda El Vaticano. Allí compraba muñecos plásticos, figuras religiosas y otros objetos que llevaba a su taller para despojarlos de sus miembros. Arrumes de troncos, manos, cabezas, piececitos, ojos, ocupaban su espacio de trabajo. Con esmero, Salcedo los rearmaba sepultándolos en cajas, y luego, le aplicaba a toda su composición una fina capa de pintura blanca. Prefería el monocromo porque, según él, no sabía pintar ni manejar los colores. No era un pintor, sus cajas no eran cuadros. Entonces, ¿era un ebanista?

A la crítica del momento le costó trabajo nombrar su obra, y en esto también colaboró Salcedo. En algunos períodos tituló conjuntos de su producción como cosas, cajas, señales, catedrales, y así se quedaron. Pero no lo consideró suficiente. Para sus propósitos, Salcedo tenía que aumentar la confusión. Creó nombres falsos para hablar de sí mismo, inventó raptos de extraterrestres, incluso, aseguró que el fantasma del Doctor Nagy Kalman era el responsable del orden que tomaban las Cosas Nuevas, dado que ese espíritu actuaba, según el testimonio del artista, en el estudio donde trabajó durante dos años “en una oscura calle de Budapest”. Esto sucedió mientras Salcedo desempeñó un cargo diplomático en Hungría. A esta altura, ya contaba con cuarenta años.

Durante todo este tiempo, Salcedo escandalizó a la institución artística colombiana. Sabía bien que esta estrategia funcionaba para que los periodistas y fotógrafos posaran su mirada sobre él, y así, de manera voluntaria, abrir nuevas posibilidades para el arte en el país. Y funcionó. Su éxito fue rotundo, si nos referimos a la cantidad de controversias. No obstante, su nombre también fue excluido de ciertos actos fundacionales. Pero Salcedo no se rindió. Diseñó nuevas estrategias y se mantuvo firme en su producción. Su lenguaje se relacionó con la fragmentación de la realidad, con lo absurdo de la información transmitida por los medios de comunicación, con la tensión bipolar del mundo bajo la Guerra Fría, y principalmente, con la libertad creativa.

La intuición jugó un papel fundamental. Salcedo agrupaba objetos disímiles y permitía que se reorganizaran. Así hizo las mejores de sus series y exposiciones, permitiendo que los objetos comunicaran su necesidad de producir encuentros ilógicos a la manera Dadá, y los defendió siempre de aquellos que los quisieran clasificar en un estilo artístico o movimiento. Él era el único autorizado para dar la última palabra sobre su obra. Y con esto abrió puertas y ventanas, prendió focos, iluminó nuevas rutas de exploración. Seguiremos una de ellas. Observaremos atentamente el trabajo de Leonel Castañeda (Bogotá, 1971).

Numerosos encuentros fortuitos que hacen coincidir en un mismo universo a cosas de distintas procedencias, aquellas que pronto devienen en símbolos y se cargan de significados; Preservación o necesidad de resguardar de un destino infame despojos y desechos, especie de taxidermia que quiere que aquello que ya murió recobre la vida, o al menos, su apariencia; Clasificación de dichos objetos según principios y fines, jerarquías y sistemas con los cuales se imponga orden al caos; Acumulación desde la cual se junta, almacena y exhibe el trabajo realizado.

En este método creativo el acto de cortar es una necesidad vital. Castañeda recorta papeles que representan telas, pieles y órganos, a la manera de quien realiza una autopsia, y luego reúne estas partes cortadas. En ese instante, se evidencia una herida profunda, un umbral de dolor y miedo que nos obliga a mirar hacia aquello que permanece adentro, que no se avergüenza de su existencia, eso que está dispuesto a ofrecernos su belleza.

Castañeda no se detiene si algún fragmento cortado escapa. Recoge los restantes y les otorga una función y un destino. De ello dan cuenta cuatro atmósferas iluminadas. Las llamaremos voyeur, mercado del cuerpo, asepsia y barroco anatómico. Desde todas ellas se configura la mirada del artista.

La atmósfera del voyeur nos introduce en el espacio del que mira a través de pequeños orificios y del que se vale de aparatos de visión, del que tiene la curiosidad de habitar la intimidad del otro, de quien disfruta coleccionando valiosos fetiches. La atmósfera del mercado del cuerpo no conoce límites entre pornografía y erotismo; hace referencia a la prostitución, a la venta de penurias y placeres. La atmósfera de lo aséptico exhibe instrumentos quirúrgicos y dilatadores, donde coexisten de forma simultánea el brillo y la ruina. La atmósfera del barroco anatómico, teatral y sagrado. Estas atmósferas bien pudieran ser organizadas de otra manera o recibir otros nombres, porque paradójicamente, aunque en la obra de Castañeda sea notorio el trabajo de cortar y organizar, el resultado es un todo indivisible, orgánico, un cuerpo.

Por último, señalaremos un encuentro. Art Student’s Anatomy (firmado por Bernardo Salcedo en 1973) es un libro del cual Salcedo extrajo partes de cuerpo. De estas partes se desconoce su paradero, se perdieron, no están. Max Ernst. Une semaine de bonté (Primera edición en 1934) es un libro en proceso en el cual Castañeda adiciona recortes y configura el collage. Dos métodos creativos que nos permite establecer una comparación y marcar distancias. A diferencia de Salcedo, quien hizo desaparecer uno a uno los símbolos del escudo patrio en Primera Lección (1970), Bandera de Plomo (2017) de Castañeda materializa en metal pesado un emblema de tiempos de guerra.

*Para definir coca colo:

Señor, yo te confieso que bailo rock and roll

que me baño desnudo y solo

que una vez he fumado marihuana.

Señor, sólo te pido cigarrillos extranjeros

que me conserves los blue-jeans desteñidos

los mocasines largos

la coca cola helada

que me dejes ir al cine porque no tengo automóvil

sólo te exijo: yo no soy ni pienso ser.

Fragmento de Plegaria nuclear de un cocacolo de Amílcar Osorio poeta Nadaísta