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Jardín de malezas

Jardín de malezas


Camilo Bojacá                                                                                                                                                                                                       (2014)

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Jardín de Malezas fue una exposición de Camilo Bojacá en el terreno donde hoy en día está el edificio de Espacio El Dorado y tras la muestra se publicó un cuaderno Bachué sobre su intervención. Desde el 29 de julio hasta el 27 de septiembre de 2014, Jardín de Malezas, una muestra curada por Julien Petit estuvo abierta al público.

Texto y curaduría: Julien Petit, historiador del Arte y de la Fotografía.

La dinámica del derrumbe, como la de la reconquista,
forma parte de la evolución natural al jardín.
Gilles Clément, El jardín en movimiento. 1991.

Las nociones volátiles de territorio, paisajismo o jardín que invaden cada vez más los términos de las prácticas culturales contemporáneas evidencian tanto las dinámicas de desterritorialización del concepto de paisaje, cómo el triunfo del sentimiento de la naturaleza, esta lenta agonía moderna de las relaciones que unían el hombre a la naturaleza del espacio-tiempo que habitaba. La actual práctica del paisaje, en su acepción global, es decir una construcción perceptiva del mundo, y la búsqueda característica de cada territorio anómico, han permitido interpretar distintamente las estructuras y los movimientos del espacio, en particular el urbano.

Los terrenos baldíos constituyen en este sentido un territorio privilegiado del arte contemporáneo y de sus formas. Su potencialidad es muy a menudo reconocida por numerosas estrategias de investigación e intervención de sus parajes, que tienden a halagar nuestras inclinaciones hacia lo autentico y el margen, resaltando raramente el valor del abandono, de su forma específica y de lo que allí subsiste. Un terreno baldío puede ser también entendido como un espacio residual del tejido urbano y social, o sobre todo un lugar donde la naturaleza reúne las condiciones de su persistencia en un medioambiente hostil a su libre desarrollo.

La intervención de un terreno baldío no consiste únicamente en la revelación de la existencia precaria de un oasis en la mitad del desierto urbano, un refugio silvestre preservado de la amenaza del asfalto y de la administración del espacio que siempre conlleva; Contribuye a evadir la percepción de estos lotes abandonados al umbral de la idea de reserva —término usado para la taxonomía museológica de toda colección de sitios de conservación patrimonial amenazados (reservas étnicas, naturales, territoriales, etc.)— y a reconocer en ellos terrarios autónomos que revelan la estructura íntima del territorio de la ciudad, de todos sus flujos y presencias.

Las plantas que los habitan, masa dinámica que moldea su forma y vitalidad, ofrecen al observador un fenómeno natural que supera la constitución de herbarios de especímenes naturales atípicos por ser urbanos, o de otras actividades artísticas de la ecología política de nuestro tiempo. Su interés reside en la interpretación de su desarrollo, de la dinámica que la lleva al llamado clímax —nivel óptimo de vegetación de un lugar precedente a su decadencia— es decir, de su fuerzas y debilidades, sus conquistas y repliegues. Es que las matas de estos terrenos son sometidas a otras condiciones de docilidad y de domesticación que a las del conjunto vivo permaneciendo fuera de su límite.

Estos terrenos baldíos contienen la comunidad de la fealdad y de la inutilidad, a semejanza de una indigencia vegetal, un modelo práctico de subversión en medios coercitivos. Esta fuerza entrópica en movimiento —en el sentido que su desarraigo lleva su capacidad de adaptabilidad a cualquier terreno— produce un cierto modelo teórico y práctico de crítica de la coacción espacial, una evidencia de la verdadera naturaleza del espacio público —un espacio etológico donde los movimientos y encuentros de los cuerpos están precisamente medidos. La llamada maleza nos intima al mismo ejercicio de contemplación geográfica que había llevado a Elisée Reclus en el siglo XIX, a discernir en el arroyo o la montaña, modelos de emancipación del individuo moderno.