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La soledad en tiempos de Netflix

La soledad en tiempos de Netflix 


Felipe Lozano En blanco

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Estamos acostumbrados a crear vínculos que nos provean de afecto, pero también de significado: una pareja, un compañero, un familiar, un amigo; lo que sea que nos haga sentir que somos amados, que estamos siendo vistos, o al menos monitoreados. En ese sentido, una interacción, por más mínima que sea, siempre implica la posibilidad de darle sentido a nuestra existencia. Incluso si es a través de una pantalla. 

Como artista, Felipe Lozano cuestiona el impacto que tiene el desarrollo tecnológico en las relaciones afectivas, buscando conexiones profundas entre la necesidad de afecto y nociones inherentes a la vida humana, como el nacimiento, el deseo y la muerte. 

Parece un instinto natural, cada vez más, abrir ventanas en el espejo negro que llevamos en el bolsillo para intercambiar afecto con otros, o al menos intentarlo. Canalizamos nuestros sentimientos a través de símbolos y emociones predeterminadas para interacciones controladas.

Irónicamente, las herramientas que creamos para facilitar esas interacciones terminan aislándonos más. Como individuos inmersos en un sistema neoliberal, individualista y meritocrático, vivimos atravesados por el deseo de una vida autosuficiente, en la que podamos suplir nuestras necesidades, físicas y afectivas, con un clic. 

En La agonía del Eros (2012) el autor Byung Chul-Han analiza la relación entre libertad, poder y amor dentro del régimen neoliberal: Para él, el otro ya no se nos presenta distante, sino accesible. Podemos acercarlo: “A través de los medios digitales intentamos hoy acercar al otro tanto como sea posible, destruir la distancia frente a él, para establecer la cercanía”.

Las empresas entran a suplir esas necesidades afectivas, ofreciendo productos y servicios diseñados para un individuo cuyo tiempo debe ser optimizado; ser eficientemente distribuido con alternativas que se acomoden a su existencia individual. 

En un mundo de afectos prefabricados, empaquetados y listos para la venta, la compañía deja de ser una necesidad vital para convertirse en un objeto de consumo. La soledad pierde su poder transformador, implícito en el profundo deseo de trascender —dejar de ser uno para derramarse en otro—, y se convierte en un pretexto para sumirse en las ambiciones propias y consumir aún más.

Nos ponemos voluntariamente en una vitrina y nos consumimos los unos a los otros con la intención de aliviar ese dolor, cada vez más soportable, que es la soledad. Lo único que obtenemos a cambio, es, casi siempre, una insatisfacción. No por el consuelo de una compañía simulada, no por el cansancio de una búsqueda que no termina, sino como el lamento de un sufrimiento que nos ha sido arrebatado, que, como obsoleto, ya no le da sentido a nuestra existencia. No necesitamos amarnos, ni sufrir por amor, solo dar clic y pretender que no nos hace falta.

Juan Ruge