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Mal Paso y otros senderos

Mal Paso y otros senderos


Santiago Montoya                                                                                                                                                                                                          El Dorado (2017)

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José Falconi

Contrario a la creencia popular, Colombia es un país sin paisajes. Puede ser que el país esté plagado de fascinantes escenarios naturales, pero estos aún deben ser transformados en paisajes nacionales reconocibles. De hecho, si hay un país en América Latina que ha sido fundado en contra de su propia geografía es Colombia, ya que su repertorio nacional está inundado de mitos e historias en los que el territorio imposible ha traicionado o impedido el proceso de construcción de la nación desde los inicios del país. Si uno recuerda, por ejemplo, en la María (1867) de Isaacs, fueron los indomables entornos naturales los que lucharon en contra del cumplimiento de los deseos de los amantes, y en La Vorágine (1934) de Rivera, es la tierra salvaje de los llanos la que lleva al protagonista a la locura.

Entre aquellos mitos los dedicadas al “Paso del Quindío” son particularmente interesantes. Este es, como sabemos, un arduo pero estratégico paso en la Cordillera Central de los Andes en la ruta que conecta Bogotá con Popayán y otras ciudades principales de la región central occidental del país, originalmente utilizado por las comunidades indígenas, y mantenido por los conquistadores españoles que cruzaban la región en busca del oro de los Quimbayas.  Y se volvió importante porque, entre todas las posibles rutas que conectaban las dos ciudades principales de los inicios del período colonial en la Nueva Granada, este camino era única ruta viable, pues todas las demás estaban obstruidas por cadenas de nevados,

Fueron estos mismos conquistadores españoles los primeros en hacer legendario este camino. A medida que persiguieron el oro, narraron sobre los engañosos terrenos montañosos del “paso”, caracterizados por abundantes “guaduales” o bosques de bambú, llenos de afiladas espuelas capaces de desgarrar pieles y armaduras. Más adelante, ya en el siglo XVIII, los viajeros de las expediciones científicas añadieron a la mitología del terreno sus vívidas descripciones de los “cargueros”, hombres-bestia capaces de transportar gente y cargamento directamente en sus espaldas en peligrosos alrededores. Para el momento en el que Alexander Von Humboldt llegó al área, a la vuelta del siglo XIX, y quiso introducirlo al mundo como uno de los más diversos en términos de su flora, el “Paso del Quindío” era tan famoso como difícil de culminar.

Entre esta cantidad de fábulas y mitos tempranos, “El Paso del Quindío” se aseguró un lugar particular en la imaginación colombiana y, durante los últimos doscientos años, se convirtió en una metáfora casi perfecta para los retos y potenciales de la república naciente. Localizado en el corazón del corazón de la región cafetera (el más importante cultivo para el país durante décadas y que articuló la primera exportación agraria de élite), el “Paso” representa tanto la intratabilidad de los terrenos como los ecosistemas fértiles y Edénicos sobre los que Colombia se ha fundado. En otras palabras, el “Paso” es quizás la imagen metafórica más definitiva para el curso de riquezas (naturales) con las que ha tratado Colombia desde sus comienzos. Y, por todas estas razones, no debería sorprender que sirva como la metáfora medular para la primera exhibición del artista Santiago Montoya en su nativa Colombia en más de una década: Malpaso (y otros senderos). Y es que el no solo ha vivido por años en Armenia, sino que también ha estructurado su práctica artística alrededor de la exploración del valor detrás de las transacciones monetarias y el dinero en sí. En ese sentido, tanto como sus anteriores trabajos, esta es también una exploración de la ficción inherente detrás de lo que uno encuentra de valor.

Exhibido en los tres pisos del edificio El Dorado, Mal paso (y otros senderos) comprende tres instalaciones mayores, cada una de ellas reinterpretando la experiencia de cruzar un camino sospechoso hacia la riqueza y la fortuna, tratando que el espectador se cuestione y reflexione sobre las limitaciones e ilusiones del proyecto nacional colombiano. Coreografiado como una ascensión desde la adversidad hacia un estado de supuesta gracia y fortuna, la muestra consiste de tres piezas interconectadas y hechas para un sitio en particular. En este sentido, la exhibición le pide al espectador que habite y atraviese este espacio extraño abierto por la distancia crítica entre los sueños de riqueza y prosperidad y las verdaderas realidades de sus soñadores.

Al nivel del piso, el espectador es confrontado en principio con Tally Sticks (2017), una escultura idiosincrática, inmersiva y penetrable del objeto que se correlaciona con el ubicuo paraíso dorado de las Américas: el bosque tropical que lo rodea o lo bloquea, haciéndolo últimamente inaccesible. El trabajo consta de más de mil palos hechos de “guadua”, la misma planta que hizo la travesía del Paso una pesadilla colonial, un proyecto infernal. Así, transformando a los espectadores en habitantes reluctantes desde el principio, Malpaso (y otros senderos) se establece como un cruce, no solo temático sino también a un nivel experimental, en la medida en la que empuja al espectador o a la espectadora a entrar en una superación prolongada (Tally Sticks continúa en el segundo piso) del tupido bosque tropical.

Y es precisamente en esta marcha forzada entre los guaduales que, en el segundo piso, en lo que aparenta ser una aclaración entre el bambú, nos encontramos con un coro de iglesia tradicional como si fuera un espejismo (Malpaso y otros senderos, 2017). Sería sabio del espectador atender el tipo de música que este coro canta, ya que no solo contiene la clave central del tipo de análisis que ha hecho el artista de la historia colombiana, sino que además añaden una capa a la naturaleza ilusoria del show. Basta decir que los coros ilusorios pueden solo cantar (las más sinceras) ilusiones.

Recompensando al viajero-espectador, luego de emerger de “el paso”, el tercer piso ofrece en The Original’s Inn (2017) quizá el más definitivo de los espejismos tropicales: una cómoda sala. En ella lo reciben cubiertas de hermosos tapices que representan escenarios exóticos rodeados por estatuas hechas de puro cacao (uno de los más preciosos cultivos originales de América, y uno de los que es altamente cultivado en la región actual del Quindío), recubiertas en polvo de oro. El cansado espectador podrá así disfrutar una taza de chocolate caliente orgánico mientras se pone cómodo, se relaja, y atestigua el lento derretir de una colección de ilustres íconos de la cultura popular, que además al ir descomponiéndose como un todo producen el más acertado retrato del inconsciente nacional colombiano.

 

Inauguración: Sábado 21 de octubre de 2017

Cierre: 21 de diciembre de 2017

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