El cuerpo es la forma que toma el tiempo cuando se repite

Luz Adriana Vera

La crianza mutua de los pensamientos y los sentimientos.
Yo cultivo los pensamientos, y los pensamientos están dentro de mi cuerpo,
dentro del paisaje, dentro de los instrumentos.

– Elvira Espejo.

En San Antonio de Palmito aprendí que tejer no es una técnica: es una forma de habitar el territorio. Durante mi viaje a Sucre para realizar acompañamientos en un programa de profesionalización de artistas en 2024, hice parte de procesos artísticos de la comunidad Zenú y entendí que su manera de tejer la caña flecha surge de una relación directa y familiar con el paisaje.

En esta comunidad, el tejido no es una técnica: es memoria y pertenencia. Su fauna y flora son traducidas a patrones de tejido y se vinculan a su construcción familiar. El paisaje se transforma en símbolo y el símbolo en resguardo. Aun después de la violencia vivida en los Montes de María y de los múltiples procesos de colonización, el tejido ha sido una forma de cuidar el territorio y sostener la memoria de las familias.

En ese contexto yo atravesaba una pérdida profunda. Me sentía desarraigada, habitando una soledad que no comprendía. Participar en los procesos artísticos de integrantes de la comunidad y regresar constantemente al territorio me permitió reconocer algo esencial: hago parte de un territorio. El territorio me habita y yo tengo la responsabilidad de resguardarlo.

Fue allí donde comenzó a tomar forma una pregunta: ¿Qué tejido me pertenece? ¿De qué manera puedo resguardar el paisaje del que provengo? No soy hábil tejiendo en el sentido tradicional, y mi formación en la academia de arte me llevó a traducir esa inquietud a la escucha y el crochet, ambos saberes heredados de mi mamá. Empecé a pensar las montañas no como imagen, sino como estructura: capas tectónicas, ondas, frecuencias, vibraciones. El paisaje podía leerse como energía que yo sentía en mi cuerpo y podía abstraerse en sensación.

La comprensión sobre mi origen me impulsó a volver a Pamplona, Norte de Santander. Volver implicaba reencontrarme con el frío característico de mi casa, con el dolor corporal que asociaba al desarraigo y con la necesidad de resguardar una memoria a través de un saber heredado: el crochet. Allí inicié caminatas por paisajes atravesados por bajas temperaturas. El frío, el silencio y la duración del recorrido me situaron en estados límite donde el cuerpo debía sostenerse a partir de pequeños gestos. Respirar y mantener el aliento. Llorar como mecanismo de descarga. Concentrarse en el ritmo cuando se teje. Organizar el caos cuando se fieltra con agujas. El cuerpo resiste en acciones mínimas.

Ese movimiento es inseparable del tiempo. Moverse es ocupar lugares distintos en instantes distintos; permanecer inmóvil es ocupar el mismo lugar a lo largo de distintos puntos del tiempo. Lo que más se extraña de un cuerpo vivo es el movimiento. Un cuerpo muerto expresa quietud total. El movimiento señala la vida.

En ese tránsito comprendí que mi tejido no sería la representación del paisaje, sino de su vibración interna. No representaría la montaña; la escucharía. El crochet, repetido con lentitud, comenzó a convertirse en una forma de arraigo. Un gesto mínimo capaz de sostener la memoria. Un modo de habitar el territorio mientras él me habitaba a mí.

Esta exposición piensa el cuerpo en relación con otras formas: el paisaje como su expansión, el tejido como su extensión material, y el sonido como su respiración amplificada. La repetición sostiene esta práctica. Un patrón ejercido una y otra vez logra concretarse en un gran cuerpo.

Si somos tiempo, entonces el cuerpo no solo está en el tiempo: es tiempo materializado. El tiempo nos sucede y, al sucedernos, nos convierte en cuerpo. Un cuerpo laguna. Un cuerpo montaña. Un cuerpo tejido.