Formas del tiempo
Felipe Macia
Edificio El Dorado – 19 de septiembre 2026 a febrero del 2027
Curaduría: Juliana Steiner Fraser y Jorge Giraldo
Desarrollo tecnológico y producción: Antonio Salazar
Programación creativa: Andrés Rosero
I like the way that the history of the tree shapes the tree.
There’s no distinction between the tree and its history.
Wendell Berry.
El tiempo se manifiesta de distintas maneras: en los árboles, se hace visible en el tejido de la madera que se forma a medida que crecen; en la atmósfera, lo percibimos en las nubes, la lluvia, los cambios de luz, el viento, el calor, la humedad, los rayos y truenos. Así, entre el aire y la madera aparecen dos maneras de experimentar el tiempo: una en la atmósfera, que cambia continuamente; otra en la madera, que crece y acumula huellas a lo largo de los años.
Durante su vida, los árboles forman capas de tejido conocidas como anillos de crecimiento. En muchas especies, estos anillos corresponden a un año y su espesor puede cambiar según la disponibilidad de agua, luz, temperatura y perturbaciones. Los anillos son, por ello, archivos biológicos del tiempo: conservan huellas que permiten conocer parte de la historia del árbol y de su ambiente. Así, parte de la memoria del paisaje queda inscrita en los organismos que lo habitan, sus cuerpos conservan huellas de su relación con
el entorno.
En la atmósfera, grandes flujos de vapor de agua, conocidos como ríos atmosféricos, recorren y conectan territorios transportando humedad. Los árboles forman parte de estos intercambios al mover continuamente agua, carbono y energía entre el suelo y la atmósfera. Las obras reunidas en Formas del tiempo exploran este encuentro. En algunas, por medio de sensores que recorren secciones de madera y transforman sus variaciones en sonido y movimiento; en otras, a partir de datos sobre el aire y el vapor de agua que se convierten en imágenes y formas cinéticas. Así, la exposición hace visibles y audibles procesos que conectan el tiempo atmosférico, los árboles, y los territorios. Estas obras proponen pensar el tiempo como una espiral: el agua circula y vuelve, pero nunca en las mismas condiciones; un árbol puede permanecer ante nuestros ojos durante décadas, mutando continuamente mientras crece. Lo que parece igual está siempre transformándose.
En Ríos en la atmósfera (2025), Macía trabaja en torno al fenómeno de los ríos atmosféricos, corredores de vapor de agua que se desplazan con los vientos y transportan enormes cantidades de humedad a través de la
atmósfera. Aunque son invisibles, a diferencia de los ríos que corren a nivel del suelo terrestre, pueden convertirse en lluvias al encontrarse con zonas montañosas que propician el ascenso del aire húmedo que, al enfriarse, genera precipitaciones.
La instalación funciona como una membrana digital que se tensiona y se afloja como respuesta al aumento o disminución de la magnitud del vapor que viaja de la Amazonía a la Cordillera Central. Esta obra traduce 25 años de archivos del Vapor de Agua Integrado (IWV, por sus siglas en inglés), creados por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés). Las variaciones en los niveles de humedad modifican tanto el movimiento de la membrana como la cartografía de la cordillera, haciendo perceptibles procesos atmosféricos que normalmente escapan a nuestra mirada y que sugieren la capacidad de los ríos atmosféricos para, incluso, esculpir una montaña. A través de un juego de espejos, la instalación genera la multiplicación infinita de un reflejo que evoca el carácter espiral de los ciclos hidrológicos: es gracias a la atmósfera que este planeta puede capturar el agua que los ríos atmosféricos hacen fluir. Aunque el agua experimenta procesos cíclicos de forma permanente, nunca regresa exactamente igual.
A principios del siglo XX, el astrónomo Andrew Ellicott Douglass se preguntó por el rastro de las estrellas en nuestro planeta y, particularmente, buscó comprender si las variaciones de la actividad solar podían dejar una huella legible en los árboles. Así, lo que comenzó como una pregunta astronómica terminó dando lugar a la dendrocronología: la ciencia dedicada a fechar e interpretar los anillos de crecimiento de los árboles. Desde entonces, estos anillos han permitido comprender cómo la madera de los árboles consolida una memoria de las condiciones ambientales que experimentaron.
La serie de esculturas sonoras Arqueología del cielo (2024–2026) hace parte de un cuerpo de trabajo que surge de escuchar el paso del tiempo de los árboles. En la sala, grandes secciones transversales de madera recuperada, provenientes de samanes del piedemonte del Magdalena Medio, se presentan suspendidas y en rotación constante, evocando discos de vinilo o las manecillas de un reloj. Un sensor de luz recorre la superficie de cada árbol y registra las variaciones del color de los anillos de crecimiento de los árboles. Mediante una programación desarrollada por el artista, estas variaciones cromáticas en la madera del árbol crean una melodía en tiempo real que hace audibles el paso del tiempo y las transformaciones medioambientales que estos árboles experimentaron en su vida vegetal.
Las esculturas, sostenidas sobre un muro pintado de un negro de alta absorción lumínica, invitan a reflexionar sobre el hecho de que nunca hay un silencio o una ausencia absoluta. Sobre este fondo, que impide la dispersión de la luz y, en consecuencia, la formación de imágenes, se alcanza a escuchar un distante sonido ambiente. Los troncos, girando sobre su propio eje, van desenvolviendo la temporalidad espiral del árbol que, al ser traducida en sonidos, nos recuerda la persistencia del pulso vital sostenido por estos árboles más allá del fin de la vida.
En la serie Enmarcaciones Climáticas (2025-2026), el artista transforma el marco en parte central de la obra. Construidos con madera de distintas especies tropicales, estos marcos incorporan secciones de árboles cuyos anillos centrales han sido extraídos para ser traducidos a un conjunto de líneas de texto que reemplazan el vacío dejado en el árbol. Así, Macía genera poemas de apariencia cinética en los que incorpora fragmentos de anillos, clima y actividad solar, basado en la investigación de Jorge Andrés Giraldo (autor también de este texto), quien ha estudiado numerosas especies capaces de ofrecer cronologías confiables para establecer la relación entre el clima y el crecimiento de los árboles en los bosques tropicales. De esta forma, la obra consigue articular el registro del crecimiento a partir de transiciones formales entre la materia, el dibujo y la palabra.
En estas piezas, la madera deja de ser simplemente el material que rodea la obra, transformando el marco en archivo, imagen y relato; un relato que pone en evidencia las condiciones ambientales como vectores fundamentales en las relaciones que acompañan y transforman la vida de los árboles.
Texto de Jorge Giraldo y Juliana Steiner Fraser


